S. Pensó con calma cada punto de aquel sentimiento. Por primera vez en años, estaba sereno, tranquilo, sin palpitaciones sobre el corazón y en plena posesión de sus emociones, mientras los sentimientos se desgastaban solos, como si fueran caramelos tratando de sobrevivir en un vaso con agua. Bajo la oscuridad de su habitación, lentamente comenzó a sentir que la fuerza, ya no nacida del odio por N. ni por ningún otro factor que lo perturbara, naciera hasta apoderarse de todo su cuerpo y su mente en una explosión de tranquila serenidad que llenó todo su ser hasta desbordarlo.
"Soy libre", pensó con agrado, casi con placer.
Se deslizó bajo sus mantas, dejando que la tela besara su piel cubierta por el pijama. Los brazos, cruzados detrás de la cabeza, sirvieron de cálida almohada, mientras se sumergía en un profundo sueño, el mejor que hubiera tenido en muchos años. La lluvia afuera azotó la ciudad sin piedad. Pero en su corazón ya no había tormentas, tan solo tranquilos momentos que se sumergían en la distorsionada realidad de los sueños, como arrullados por el compás de su corazón que se tornaba cada vez más lento, más acompasado, hasta que finalmente las últimas fronteras de la realidad ya no pudieron alcanzar sus ojos ni arrancarlo de los brazos de Morfeo.
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