martes, 9 de diciembre de 2008

El Día que decidió Hacerlo.

Esa mañana se quedó en casa. No tenía que ir a trabajar, ni mucho menos dedicarse a otra cosa. Sabía que quería hacerlo y que el momento había llegado. Por tanto, centró su mente en el momento, en la hora, el lugar y hasta en el rostro que pondría una vez llegara el momento de llevar a cabo su plan, dejando que la planeación no se fuera en consideraciones sino en el placer de saber que no refrenaría más sus ganas de hacerlo.

Con toda la calma se quedó un rato mirándose en el espejo del baño, y como si se tratara de un ritual, encendió un cigarrillo mientras se observaba semidesnudo. El vapor de la ducha se mezclaba con el humo de su tabaco, formando un olor extraño para todos excepto para él. EL placer comenzó entonces a salir de su mente y a regarse en sus venas, como si cada latido del corazón estuviera contribuyendo a una sinfonía que fuera incrementándose con el gozo de cada minuto transcurrido.

Se dirigió a su cuarto tras el ritual del baño, con el cigarrillo encendido aún, y la toalla colgando de su cintura. Los tatuajes de los brazos brillaron fríamente ante la luz del sol, como si la blancura de su piel estuviera sacándole la lengua al color del sol matutino. Entonces recordó que no había cumplido los rituales necesarios para una fecha tan importante como aquélla: el día que había decidido quitarle la tranca a las ganas y cumplir sus deseos más íntimos. Se arrodilló a rezar, aunque sabía perfectamente que no estaba rezando a Dios sino a sí mismo, por permitirse aquella sensación bandida, cómplice, malvada. Cuando no le quedaron más sacrilegios por soltar en los idiomas que dominaba, se levantó y se irguió en una desnudez orgullosa, libre de cualquier imperfección física. Entonces escogió su ropa.

Sacó del fondo de su armario algunas prendas. Las había comprado sabiendo que llegaría aquel momento. La ingenuidad de la ropa que jamás ha sido lavada ni usada se respiraba en los crujientes sonidos que parecían emitir al entrar en contacto con la piel y que terminaban por crear un aura de infames ruidos que no debían existir para una situación como la que se avecinaba. Indignado, se quitó toda la ropa nueva y caminó desnudo hasta la lavadora, donde sometió cada prenda a un lavado concienzudo con un secado máximo. Finalmente, el silencio se hubo apoderado de las fibras de tela y por fin pudieron éstas cubrir el cuerpo ansioso de entrar en acción.

Subió entonces al armario y escogió un maletín largo y poco pesado. No lo abrió, ya consciente de la experiencia de la ropa nueva; lo que contenía el alargado maletín valía mucho más la pena que unas vulgares prendas. Por eso se dirigió con él a la cocina, donde la tetera anunciaba el calor perfecto que debía tener el té de las grandes ocasiones que bebía en lugar de una taza de chocolate, y el pan árabe que debía comer en las cantidades exactas para evitar el hambre sin caer en la llenura. Siguiendo con la ritualidad que dominaba la callada mañana, desayunó en silencio.

Decidió profanar después la situación al bajar al parqueadero y entrar en su lujoso automóvil, dejando en el asiento trasero el maletín alargado. Se colocó unos lentes oscuros, protegiendo sus ojos para el momento en que los requiriera libres y listos. Sin mucho afán, puso en marcha el motor y en el radio se elevó una melodía acorde para el momento: El Réquiem de Mozart, pero decidió programar el reproductor para que sonaran melodías entremezcladas con el Dies Irae. Aunque los sonidos ordinarios de la calle cruzaban intrusos el ambiente que tenía el vehículo, el conductor no se inmutó en lo absoluto. Solo escuchó con gran respeto la música, dejando que ésta desenrollara en su mente el gran plan, trazado desde hacía años con la paciencia que sobrevive a los sentimientos que abrasan la mente y el corazón.

La ruta prosiguió sin mayores contratiempos hasta el centro de la ciudad. Emulando la normalidad de todos los días, entró al edificio y saludó a los vigilantes. EL ascensor zumbó pacíficamente mientras subía hasta el lejano piso 109, oficina 5. Su oficina privada.

Entró con calma. No había mirones cerca, dada la intensa altura del edificio, y esa sensación solo incrementaba su sensación de poderío. Se dirigió hacia la ventana de cristales que se oscurecían ante los rayos del sol y siguiendo con diabólica precisión su plan, revisó que el vidrio que estaba tras su silla tuviera una pequeña ventana adicional, que le permitiría abrir con vista privilegiada hacia la calle a sus pies. Como un dios que custodia las alturas, pensó.

Se sentó bajo el escritorio. Allí oprimió un botón bajo su lujoso escritorio de madera de cedro de palestina, uno botón que interferiría con una grabación de sí mismo trabajando eternamente en unos papeles, y que no dejaría rastros de lo que planeaba hacer. De la misma manera, encendió el reproductor de música con su tema predilecto: Aryen pour Mine, de la Opère des Vampiros.

La música tuvo un efecto de epifanía. Con fruición, destapó entonces el maletín y extrajo un fusil de francotirador, que tomó varios momentos en armar y calibrar. Abriendo levemente la ventana, calculó su ángulo hasta ser realmente invisible a cualquier ojo que desafiara a las alturas y al sol abrasante. Nadie en el piso estaba presente, al haberles dado él, el dueño del grupo editorial, el día libre.

Entonces sacó el arma y apuntó. A través de la mira telescópica, observó caminar fuera del Hospital Central al infame asesino, al hombre que había tomado la vida de su esposa en una cirugía inútil y que había salido limpio de cuatro juicios gracias a su amistad con los jueces corruptos cuyas amantes abortaban en el hospital donde aquel matasanos reinaba con la absoluta impunidad que sólo un dios de las alturas como él podía castigar con la precisión exacta. El hombre avanzó unos pasos, inseguro por momentos. El hombre que apuntaba entonces tensó el cuerpo y se concentró en el gatillo, pronto a accionarlo con suficiente tiempo.

Los brazos fieros aferraron el arma buscando la cabeza. El asesino caminó por la calle, escondido en su impunidad, invencible, inocente, viviendo un día más.

Entonces, el doctor DeGrasso levantó la mirada. No vio nada más que un destello de sol, y un leve color metálico que presto a chispear pareció el dedo de Dios, señalándole de las alturas. Luis Sanz de Santamaría sostenía el fusil y por un momento observó aquellos ojos que tanto odiaba.

Estaba listo para cobrar venganza.

Un segundo eterno transcurrió antes que un automóvil levantara por los aires al doctor DeGrasso. Ante la mirada aterrada de Luis, el doctor voló por los aires, para caer bajo las ruedas del autobús que venía tras el vehículo que le había arrollado. Había sido tal su concentración que había seguido el rapidísimo vuelo del culpable hasta verlo desaparecer en las sombras de las ruedas que ahora lo aprisionaban, lejos del alcance justiciero de su arma.

La gente se arremolinó y el sol bajó sus rayos; el vengador escondió su arma de la ventana y quitó la mira del fusil para no perder detalle alguno. Espiando a través de aquel ojo, observó cómo sacaban bajo las ruedas del autobús el cuerpo torturado de aquél que le había quitado a su esposa, de aquel que se había reído en la cara de la justicia, con la mueca de haber contemplado a una muerte galopante que le hubiera escupido el rostro en forma de sangre mezclada con la suciedad de una calle céntrica. Contempló la dantesca escena hasta saciarse, contento de sentir que aquel verdugo reposaría para siempre en los infiernos. Al desviar la mira, vio algo que le estremeció.

Juanita, su esposa, contemplaba la escena, alejada de la escena fatal. Con un horror sobrehumano, un horror de rayos de sol ante la sonrisa de la muerte hecha mujer y carne en un recuerdo que debía ser sagrado hasta para el más consumado de los paganos, Luis se aferró el monóculo a su ojo y contempló cómo la imagen, tras sonreírle con su misma mirada de venganza, se desvanecía en el paso fugaz de otro vehículo que lograba sortear el embotellamiento del tráfico. Solo entonces se dio cuenta que habían pasado tres años de viudez, en los cuales sólo había deseado el momento en el cual pudiera castigar tanto sufrimiento, tanto dolor, tanta miseria.
Desarmó el fusil y lo introdujo de nuevo en su valija, enfundando sus manos en guantes y limpiando hasta la última huella digital que quedara. Aún resonaba en la oficina la última estrofa del Aryen pour Mine, de la Opère des Vampiros, cuando cortó la música y se quedó sumergido en el vacío infinito de los que se van tras el velo de la muerte.

Sintió la tentación de arrojarse por la ventana, o de dispararse en la frente con su fusil.

Lentamente empezó a forjarse en su mente un nuevo plan de venganza. Ya habría otros rituales, otros momentos que le hicieran sentirse tan vivo y tan perfecto como lo había sido aquel día. Por primera vez en mucho tiempo, sonrió mientras dejaba el fusil guardado en el asiento trasero del auto lujoso. Y entonces, silbando su canción, se encaminó al hospital, donde el camino hacia el cuerpo de su enemigo estaba marcado por un hilo de sangre que se extendía a la sala de emergencias. Cruzó la calle con cuidado, y antes de entrar al hospital vio en el reflejo del vidrio de la puerta el reflejo de su esposa.

Esta vez el pánico no apareció. La mujer le hizo una despedida con la mano, y Luis entendió que a pesar de estar envuelta en el halo misterioso de la muerte, ella se había adelantado a su venganza para llevarse junto a ella a aquel monstruo de bata blanca y corazón negro. Se desvaneció como si fuera humo ante sus ojos, y Luis entró al hospital para disfrutar de aquel momento que si bien no era de felicidad, era de una sensación de fortaleza que durante el tiempo de su existencia en la tierra jamás volvería a repetirse.

Bogotá, 9 de diciembre de 2008.

1 comentario:

Jo G. Pallas Atenea dijo...

Simplemente increible!!

Te amo, lo sabes?

Jo