Por: Paul Contreras.
Desde el momento en el que el visitante se acerca caminando bajo los aleros del reconstruido Palacio de Justicia, la luz que proviene del sol que baña la plaza parece crear la ilusión de estar llegando a un universo diferente lleno de momentos que flotan en el aire como historias esperando ser contadas. Al instalarse la imagen de un Bolívar autoritario, imponente, dando su nombre al lugar, la ciudad se convirtió en un palco cuyo ruedo sería la plaza. Un ruedo que albergaría grandes eventos de la historia de Colombia.
Es así como en 1846, la obra de Tenerani comenzó a presidir dichos momentos. Sobre sus losas frías, de asfalto modelado entre ladrillos, pasaron en 1948 las turbas furiosas del Bogotazo, solamente superados en estruendo en 1985 por los esfuerzos heroicos de las Fuerzas Armadas de Colombia, en una desesperada maniobra por retomar el Palacio de Justicia acosado por las fuerzas insurgentes del entonces movimiento M-19. En la memoria de los colombianos de las generaciones recientes yace la imagen de una plaza de Bolívar iluminada por las llamas anaranjadas del incendio desatado por los rebeldes y alimentado por los contraataques de los militares, en instantes de silencio que las cámaras registraban para el futuro. Ahora, muchos años después, como un visitante más, contemplar el nuevo edificio perfilado contra los cielos blancos de nubes resulta un tributo silencioso a esos momentos.
Basta con recorrer las esquinas para que el silencio de las historias cotidianas acabe con la soledad que queda de ver cómo los edificios que la rodean se dibujan, imponentes, como murallas que cerraran el paso a quien tratase de irse sin pagarles un tributo de admiración. Cada losa, cada ladrillo, cada imagen que la conforma pareciera estar detallada cuidadosamente, desde las palomas grises que corretean huyendo del paso de los niños hacia las parejas tímidas que les obsequian con maíz adquirido con los mismos vendedores; con los ancianos que hablan de los últimos eventos, en un tono que permite escuchar sus conversaciones sin mayor esfuerzo al caminar; o las familias que vienen a conocer este lugar y tratan de captar sus mismas historias, dando el color del día que la plaza vive. En este caso, es un domingo bogotano, frío, pero calentado por el ambiente que da el Carnaval de Verano, en medio de comparsas y música que nos cortan la Plaza en dos: una, en la que los asistentes al Carnaval, que ríen y observan el espectáculo, y otra en donde los visitantes casuales quedan recluidos en la otra mitad, observando el paisaje, imaginando y recordando. Desde las pantallas de televisión que nos narran momentos perdidos en el pasado hasta el momento en que el aire nos trae tantos sonidos incomprensibles pero que unidos forman la música que llena este lugar, estar en la Plaza, así sea fugazmente, sumerge a sus visitantes y habitantes en una especie de sueño cálido y único.
Ya sea por curiosidad, por tocar la envejecida y orgullosa madera del gigantesco portón de la Catedral Primada, de estar frente a las barreras que protegen y hacen lejano y legendario al Capitolio Nacional, con sus miles de ruidos y escándalos, mientras que enfrente suyo reposa el Palacio de Justicia en el silencio de sus muertos y sus heroísmos, por compartir junto a Bolívar su grandeza de bronce, por corretear a las palomas o sencillamente para escribir alguna historia de amor junto a esa persona especial, vivir la experiencia de pasear en ella resulta indescriptible. Así como en la tarde en que el bronce de la estatua miró por primera vez a los visitantes, convirtiéndose en el testigo privilegiado del tiempo, la experiencia de una tarde en ella queda para siempre impresa en el sentimiento de ser colombiano.
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1 comentario:
Waaaaa, cómo me gustaría pasar una tarde ahí junto a tí, Maddie. Se me antoja deliciosa y memorable.
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