cuando tuve 15 años me dí cuenta de un detalle muy curioso, cómico: sabía escribir muy bien, y mejor aún si era en cuestiones de amor. Por alguna razón mis cartas, tan falsamente sentidas, funcionaban de una manera inesperada. Podían arreglar peleas de novios (y divorcios, en una ocasión) con una sinceridad que no esperaba. pensé que era por la sinceridad de quien las escribía, porque al no conocer a sus destinatarias pensaba en lo mucho que podía como hombre darle a alguien a quien se las escribiera con sincero sentimiento.
Pasó el tiempo y de alguna manera, quizás las circunstancias, fui aprendiendo poco a poco que el amor, como tal, es solo una ilusión irrisoria a problemas que solo existen adentro. Que lo haya, quizás sí lo haya, pero es tan difuso que a veces no hay diferencia al momento de tenerlo en las manos y asumirlo. Porque quizás pido mucho. Porque quizás lo que tengo a mano es poco. O porque yo sea poco. De eso no estoy seguro, pero sí sé que me he complicado la vida a mares con eso.
Tuve una mujer que era muy experimentada, a la que jamás dije nada y que de plano me alejé para evitarme problemas. Tuve una mujer bella e inexperta, a la que amé tan desesperadamente que mi mismo sentimiento de culpa me hizo cortarle para después descubrir que todo había terminado mientras me había convencido de lo contrario; una a la que respeté hasta los límites de dejarme manejar y manipular sin exigir nada; y ahora, solo estoy pasando como el amante de otra mujer, verdaderamente caprichosa, inestable pero que me tiene sinceramente enamorado.
Ironías de la vida, diría yo.
Pero en realidad, estos son solo detalles que pasan. Ya he aprendido a ver la vida como una serie por episodios. EN varios de ellos he estado a punto de cometer suicidio por desengaño. En otros, he bebido sobremanera. He hecho porquerías tremendas, venganzas, cosas que he disfrutado con sincero deleite, y también hermosas obras que me llenan de tranquilidad. No hay balance certero; solo pasado, solo cenizas, que he dejado atrás.
Quizás por eso me dedico a pensar en las cosas que me han pasado. Ahora hay una diferencia, que ya no las extraño. Solo estoy tratando de pensar en esos errores, y me doy cuenta que estoy metido en uno de tamaños mayúsculos. Es como si hubiera descendido en una espiral inversa y que me estuviera tratando de escapar, pero sabiendo como se escapa, así haya que dejar pedazos de mí mismo en ella. Sin embargo, esta vez la idea de sufrir, de retirarme ya no me duele, es más, me parece un proceso tan natural como tranquilo.
Es decir, le saqué el callo al sufrimiento. En el otro blog me cansé de expresar de maneras tan artísticas el valor de estar atravesando por un verdadero infierno que cualquier otro me parece un soberano chiste. De hecho, éste es uno de esos. Casi divertido. Solo hay que esperar a que pase la tempestad, que será corta y tranquila, y regresaré a mi tranquilidad, confortablemente solitaria, sin que nada la interrumpa, solamente mis pensamientos.
Nada existe que ya me pueda romper por dentro. El amor en sí, es solo una incógnita, pero desglosado en sus efectos, solo es la voluntad para hacer que corran los sentimientos cuando solo debe fluir la razón. Es por eso que se prefiere al que se prefiere, que el malo en los novelones de Corín Tellado son los que más convienen. Es como buscarle explicaciones a momentos que solo deben ser detallados bajo la óptica de quien ya ha olvidado. Por eso las cenizas de mis recuerdos, tan frías, son lo que queda de tantas lágrimas de sangre y tantos alaridos mezclados con negras poesías y blasfemias a dioses sordos. Solo quedan, a fin de cuentas, los momentos que uno se recuerda a sí mismo sufriendo, cuando ya se está tranquilo y estable. Por eso, cuanto más veo de lejos todo lo que me pasó, y trato de pensar en lo que tengo ahora, sé que eso solo es una sombra, que se esfumará cuando las palabras hayan dejado de resonar, ya que duermo bien, y no solo eso, sino que me reservaré mis lágrimas para el día en que se mueran mi hermano o uno de mis amigos, o quizás mi padre. De resto, solo me agrada pensar en mi funeral, que espero sea tranquilo (siempre y cuando sigan al pie de la letra mis instrucciones) y que solo los pocos que vayan no piensen nada clichesco sobre la muerte, que solo sepan que lo malo para mí se acabó. Lo único malo (y por eso lo estoy disfrutando por adelantado) es que no voy a estar ahí gozándolo, solamente estaré quizás desde el verdadero infierno (o desde el cielo, salvo mis blasfemias no he cometido nada realmente malo).
Recuerdo los días cuando la sola mención de ** me hacía arder los ojos en lágrimas, fuera de lo que fueran, en plena calle. Ahora que pienso en lo mismo pero con --, solo me doy cuenta que quizás suelte un leve "hum" y siga caminando. La vida nos vuelve de piedra y nos calcina las extremidades de los sentimientos sinceros. Ahora podría escribir lo mejor, lo más romántico, porque sé que de frente, estaría mintiendo. Solo que lo que escriba ya no arregla matrimonios (y mucho menos, mi trillada vida sentimental) pero quizás le resulte interesante al que desee corroborar sus sospechas.
Éso lo sabían Rubén Darío y Baudelaire, y Rimbaud. Me apuesto a que todos serían simples zapateros si las personas a las que amaron les hubieran hecho caso. Que serían seres humanos nadando en la empalagosa felicidad de la gente común. A veces pareciera que la hubieran extrañado, pero lo que escribieron fue tan bueno que muchos agradecen que no hubiera sido así. O al gran Ernest Heminghway. pero curiosamente, salieron ilesos de sus infiernos, pero tan enloquecidos que rayaron con sus maldades los límites de la mediocridad que acompaña a esa felicidad obscenamente común y anónima hasta henchir se en la inmortalidad de sí mismos. la gente que sufre los lee cuando se dan cuenta que las oraciones desesperadas no funcionan contra la libre voluntad de la gente, ni tampoco sus sentimientos, por sólidos que sean, porque si sufren es porque solo fluyen en una vía, la de ellos mismos. Por lo pronto, voy a explorar este mismo estado: quizás sea otra manera de imbuir con normalidad lo que para otros sería el desastre que los mutile, quizás porque ya me pasó y tampoco fallecí.
Quizás camine entre la llovizna fría del parque de Lourdes, quizás entre las calles de Santa Isabel; por más que me esfuerce en sufrir, solamente lograré regurgitar imágenes. Sufrir es el estado en el que la atención se concentra en presentar, en delicadas bandejas para cabezas cortadas, aquello que no se tiene y que a pesar de merecerlo, no se tendrá. Si tan solo pudiéramos sufrir dos veces la misma pena, nos daríamos cuenta de la infame manera en que nos torturamos a nosotros mismos, solamente para desvanecer cualquier duda de la adicción al dolor. Una vez se presenta la renuncia a este veneno, se pierde la noción de la realidad y solo queda la inmundicia de despreciar a su hermana gemela, el amor. Porque la muy tonta goza cuando comparte el lecho con sus víctimas, pero insiste en hacer tríos con su hermana la desgracia, que es la única que siempre permanece sentada al lado de sus obras.
lunes, 21 de mayo de 2007
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